


Hay cargas que se llevan sin remedio, pesos que desafían el cuerpo y lo obligan a medir cada paso. Oxígenos Boyacá es una maleta de montaña que no facilita el viaje, sino que lo vuelve casi imposible. Con sus 58 kilos, no acompaña el movimiento, lo resiste.
Su forma sugiere impulso, pero su materialidad se ancla al suelo. Entre su estructura hay algo de trineo, algo de artilugio espacial, pero sin la promesa de avance. No es un objeto funcional, sino una paradoja: una herramienta que no ayuda, un equipaje que en lugar de aligerar, retiene. Construida desde lo rural, con elementos del territorio, carga consigo la tensión entre la voluntad de partir y el peso de lo que no se deja atrás.
Parte del proyecto Viaje a la luna con olor a oveja, esta pieza recoge fragmentos de otras caminatas: botas rusas Valenki hechas para resistir el frío, crampones que pertenecieron a mi abuelo y que han dejado huellas en otras alturas, una pequeña medalla de montañismo que apenas asoma entre los pliegues. Todo reunido en un ensamblaje que oscila entre la preparación y la imposibilidad, entre la necesidad de moverse y la certeza de que algunas cargas nunca se sueltan del todo.
No es solo el peso lo que detiene, sino la memoria que se acumula en cada objeto. Oxígenos Boyacá es una pregunta sobre el viaje y sus límites, sobre el deseo de avanzar cuando el aire se vuelve escaso, cuando la montaña impone su propio ritmo y el cuerpo se rinde ante la distancia.